27 junio 2006

La amabilidad de los extraños

Hay quien el calor aploma, a mí me activa. Los días, al ser más largos, invitan a hacer cosas y dan la sensación de que el tiempo no pasa, o al menos, corre más despacio.

Hoy, al salir de la oficina un chaval de unos 17 años me ha pedido un cigarrillo. Antes de que le dijese "No, lo siento" he reconocido su rostro. Un día, hace un par de meses, tenía que subir los nuevos muebles a la oficina y estaba solo. El estaba sentado en el portal del edificio, esperando a alguien probablemente. Viéndome incapaz de cargar con aquellas pesadas cajas me atreví a pedirle ayuda. El chico no lo dudó ni por un instante y me ayudó gentilmente.

Hoy se había cruzado de nuevo en mi camino:

-¿Tienes un cigarrillo?
-Sí, claro... Aunque sólo sea por agradecerte que me ayudaras a subir los muebles.

El chico extrañado se ha fijado en mi rostro hasta que ha logrado entender mis palabras. Entonces una sonrisa ha cruzado su rostro de lado a lado.

-¡Gracias!

Y le he dado el cigarrillo.

Ya lo decía Blanche Dubois, el inolvidable personaje de Un tranvía llamado deseo: "Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños", frase que los que hemos tenido que vivir mucho tiempo solos conocemos muy bien. Hoy lo he comprobado una vez más, aunque extraña manera de agradecer algo tan amable con algo tan perjudicial como un cigarrillo.

RM.

PD: Las dalias han florecido puntuales, como siempre a principios de verano, este año especialmente vistosas y coloridas. Y es que la misma dalia te puede sorprender con tonos muy diferentes de una flor a otra, con tamaños y formas tan distintos que, a veces, cuesta trabajo creer que se trata de la misma planta. Además, es enormemente agradecida, requiere de pocos cuidados y florece copiosamente durante cuatro o cinco meses. Una persona muy especial me llama "El señor de las Dalias". Como este año respondan como lo hicieron el año pasado, desde luego que lo voy a ser.

17 junio 2006

Creer, pero no a cualquier precio

Aunque tengo un vago recuerdo anterior de Gary Cooper en Solo ante el peligro (Zinnemann, 1952) en un cine de verano, la primera película que vi en una gran pantalla fue E.T., el Extra-Terrestre (Spielberg, 1982).

Efectivamente, pertenezco a la generación de Indiana Jones (Spielberg, 1981), La Guerra de las Galaxias (Lucas, 1977), Los Gremlins (Dante, 1984), Los Cazafantasmas (Reitman, 1984), Los Goonies (Donner, 1985), El Cristal Oscuro (Henson y otros, 1982) y los Teleñecos. En mis fantasías infantiles se mezclaban las bicicletas voladoras, con los templos malditos, los imperios que contraatacan, los espíritus, los piratas... ¡y mucho cuidado con que te diera la luz, tocar el agua o comer pasada la medianoche!

Siempre he deseado creer que hay vida en otros planetas, o un monstruo en el Lago Ness, o que se puede curar con el pensamiento. Me encantaría sentir que puedo levitar si me concentro mucho, o que soy la reencarnación de Napoleón Bonaparte, o que cuando muera veré un túnel con una preciosa y cegadora luz al final y descubriré un jardín paradisíaco en el que pasaré el resto de la eternidad.

Sueño con levantarme un día y ver que los informativos de la televisión abren sus ediciones con las respuestas a los enigmas del triángulo de las Bermudas, el continente perdido de la Atlántida o que Ana Rosa Quintana tiene como invitado a su programa al Yeti o al mismísimo Yoda.

Soy un soñador, como tantos de mi "Generación E.T." (que no O.T., obviamente posterior), pero tengo algo claro: que querer creer no significa creer, y no me gusta que me engañen.

Y digo esto porque se han vuelto a poner de moda los programas de misterios y enigmas, y no con poca audiencia, en los que habitualmente mienten para disfrazar de verdad lo que son meras ilusiones. Y detesto eso. Porque yo claro que quiero creer en volar en una bicicleta con un extraterrestre en la cesta, pero no a costa de llenarle los bolsillos a los Iker Jimenez, a los J.J. Benítez o a los Javier Sierra.

Veo como esos programas se nutren de mentiras, photoshop y mucha caradura. Y cuando falta algún dato, entonces es que hay una conspiración para esconderlo.

Ahora recuerdo uno de los programas de Iker Jiménez en Cuatro (uno de los pocos que he visto). Hablaba el (paranormal) periodista del viaje a la luna, que si era un montaje en un estudio de televisión, que si el hombre nunca ha pisado el solitario satélite. Y luego ponían unas grabaciones que la NASA, y hasta la CIA, el FBI, la KGB, la CBS, la HBO, la AOL (y hasta la UGT si me apuras), habían luchado porque no vieran la luz, porque en ellas Neil Armstrong decía haber visto unos seres extraños en la luna. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Estuvimos o no en la Luna? Porque si estábamos en un plató, ¿dónde vio a los extraterresteres? En fin, conclusión: basura. Y me fastidia.

Por eso, hoy mismo, me hago miembro del proyecto SETI@home, para ayudar a procesar los datos que nos proporcionan los radiotelescopios del Observatorio de Arecibo en busca de otras formas de vida, proyecto que dirige y controla la Universidad de Berkeley, institución que me merece mucho más respeto que Iker Jiménez, o que Cuarto Milenio, o que el canal Cuatro o que Polanco, o que todos ellos juntos.

Además, ayudar a los del proyecto SETI hace que me sienta más cercano a la Jodie Foster de Contact (Zemeckis, 1997), película que adoro, y a la actriz también.

Y es que con este personal invadiendo nuestras pantallas y nuestras emisoras, sembrando las ondas de mentiras y engaños, viene a mi cabeza una frase que lo resume todo:
La mejor prueba de que hay vida inteligente en el Universo, es que aún no nos han visitado.

RM

11 junio 2006

Soluciones rápidas para vidas amargas

¿Qué pasaría si una vendedora de Avon llama a la puerta de una vendedora de productos Tupperware? Seguro que se produciría un pliegue en el tejido espacio-tiempo que nos conduciría irremediablemente al fin del Universo.

Lo reconozco, son mis programas de televisión favoritos: las teletiendas. No son simples anuncios alargados hasta el infinito atrapados en un eterno y mecánico bucle de demostración-oferta-
teléfono-llameyá!-demostración-oferta-teléfono-llameyá!-demostración.

No. Gracias a ellos puedes proyectarte hacia una vida mejor, más perfecta. Te ayudan a reconciliarte contigo mismo, a que descubras lo miserable que puedes llegar a ser (parte negativa o analítica), y lo fácil que puede ser cambiar (parte positiva o reactiva). Además, no
sólo puedes ayudarte a ti mismo, sino que también puedes ayudar a los demás, sobre todo con aquellas ofertas 2x1: Una para ayudarme a mí y otra para ayudar a mi amigo.

Viendo esos anuncios descubres que eres desdichado por no tener un estómago que parezca que te has tragado un radiador; por no saber cortar la cebolla en simpáticos triangulitos (el secreto mejor guardado de las grandes fiestas) o no convertir una patata en un hilillo de patata de 200 metros de largo; por no tener un coche abrillantado (y por tanto, no hacer amigos con él); ni una escoba que recoja serrín magnéticamente; ni una coctelera que se convierte en salero y molde de bizcochos con dos simples accesorios (¡magistral); ni una máquina de coser de viaje, del tamaño de un mechero, para arreglar los bajos de unas cortinas, por si acaso. Además, ¡todo se puede guardar debajo de la cama!

Cuando de madrugada, en la soledad que acompaña a la noche, descubres que los motivos de tus dedichas radican en no tener los dientes de un blanco nuclear o en no conocer los 200 temas más oídos en los 50, es precisamente cuando te das cuenta de que no tienes una cama los suficientemente alta como para albergar todos los parches que tu vida necesita.

Somos seres incompletos, ya lo dice la RAE al definir "amor". Es cierto. Habría que invertir el horario de la programación de las televisiones para ayudar a la humanidad a desarrollarse.

RM.

PD: con el juego de cuchillos Nikkei Profesional te regalan un exprimidor de bolsillo. ¡Por sólo dieciocho noventa y nueve! ¡Llame ya!

10 junio 2006

De museos y artículos de baño

Llego a casa de mis padres, aquí, en el Sur. Decido que es un gran momento para escribir unas líneas, así que me voy al salón donde está Internet. ¿Y qué me encuentro? Algo parecido a una biblioteca pública. Las tres mesas están ocupadas por libros de Filosofía, de Ciencias Naturales, de Matemáticas y un extraño Manual de Mecánica II (ignoro quién en mi casa está interesado por la mecánica, pero desde luego lo investigaré... ¡ya va por el segundo tomo!). La gente debe estar durmiendo la siesta, preparándose para la sesión de estudio de tarde.

Abro al azar el libro de Filosofía, siento curiosidad por ver cómo se enseña hoy lo que yo estudié hace 12 años (oh, cielos).
En mitad de un viaje, nos sorprende muchas veces la belleza de un paisaje, sea cual sea la disposición de ánimo en la que nos encontremos. El visitante del museo va fundamentalmente a gozar con la belleza, no a envidiar a los artistas que pintaron los cuadros, ni a levantar el ánimo decaído, ni a informarse sobre la mitología.
Hace mucho que no piso un museo. Mal hecho. Es de esas muchas cosas que no apetece hacer solo (y probablemente, sea la mejor manera de hacerlo), como ir al cine, al gimnasio o al teatro, y que siempre acabo relegando para no sé cuándo y el momento para hacerlo nunca acaba por llegar , y acabo por ir la mitad de la mitad de veces que me gustaría. Así que apunto a mi lista de "Cosas a hacer": Ir a museos. Reflexiono. Tacho la última "s". Ir a museo. Me avergüenza el tachón y empiezo a escribir una "s" encima del tachón. Como no se ve lo suficiente, convierto el tachón-s en una enorme "S". Es una "S" un tanto descomunal y apocalíptica. Parece ahora que no voy a dejar museo por ver en toda la ciudad.

La última vez que fui a un museo fue hace 6 meses. Bueno, no era exáctamente un museo, sino una exposición. Se trataba de "Faraón", la colección de piezas egipcias que la Fundación del Canal de Isabel II tiene en Madrid desde entonces, prestadas amablemente por el Museo de El Cairo. El arte egipcio es fascinante, sin duda, pero no sé qué me pasó aquel día, que aquellos fastuosos y pétreos bustos, aquellos lujosos colgantes o enigmáticos jeroglíficos, ni siquiera la (deslumbrantemente) bien conservada cama de Tutankhamón, consiguieron remover las fibras sensibles que se supone tenían que haber sido removidas. Tal vez porque no sea un arte para "sentir", sino un arte para "conocer".

Salí de allí tal y cómo había entrado.

Por cierto, recuerdo que intenté mandar un mensaje con el móvil justo cuando estaba viendo los utensilios de baño de Amenofis IV, y una chica de la organización, creyendo que usaba mi móvil no cómo móvil sino como cámara, vino a decirme que no se podían hacer fotos. Me arruinó el mensaje, ya no pude concentrarme. Y es que no me gusta que me llamen la atención. Además, entre nosotros, ¿quién quiere una fotografía de los artículos de aseo de Amenofis IV?

RM.

08 junio 2006

Grandes que caen (y se levantan)

Ayer por la noche fue el día de revisar (o revisitar, como dicen los anglosajones) Sentido y Sensibilidad (Lee, 1995). Lo que me atrae de la película no es la historia de Jane Austen, sino precisamente la labor de todos los que la llevaron a la pantalla. Disfruto con los paisajes, con los trajes, con la música, con el montaje, con la dirección, con el guión y, sobre todo, con ella, con Emma Thompson. Me estremezco cuando la veo derrumbarse. Su personaje, Elinor Dashwood, es un mujer fuerte, firme, responsable... pero, sin embargo, un día se derrumba. O bien podríamos decir: "la derrumban". Pero de un modo u otro, ella se desmorona. Y no podemos (puedo, al menos) evitar emocionarnos cuando vemos a un personaje fuerte derrumbarse. Y me tacharán de machista, pero si el personaje es mujer, la emoción es doble.

La Vivien Leigh de Lo que el viento se llevó (Flemming, 1939), la Shirley MacLaine de La fuerza del cariño (Brooks, 1983) o la Glenn Close de Las Amistades peligrosas (Frears, 1988) sobresalen en esta categoría de grandes mujeres que, por un motivo u otro, se derrumban.

Nadie espera que los fuertes un día tropiecen y caigan. Y cuando lo hacen, nos estremecemos por admiración (aunque hay quien se alegra por aborrecimiento, como cuando cae un dictador o semejante). Nada es perfecto en esta vida, nada ni nadie, y buen día, un avión entra en un rascacielos y éste se viene abajo, y al rato otro. ¡Qué cosas!

Sin embargo, no dejo de pensar que no hay mejor lección que la que nos proporciona un grande al caer. Al fin y al cabo, cada uno en su medida, escriben una línea para la historia, para ser analizada, para convertirse en lección y, con algo de suerte, incluso en refrán.

[minutos más tarde]

Informo a Iván del título de esta entrada. Y rápidamente responde: "Pero que se levantan". Es cierto. ¡Corrijo lo anterior! No hay mayor lección que la de ver a un grande levantarse tras haber caído. Así demuestra lo grande que es. El rascacielos cae y hacen uno más grande en su lugar. ¡Eso es!

RM.

01 junio 2006

St. Olaf, Minnesota

Ya sé a dónde me quiero ir de viaje con mis amigos: ¡a St. Olaf! ¡Minnesota!

Tal vez leído no te suene a nada, pero si atendemos a una cutre transcripción fonética sería algo así como /Senoláf/... ¡Claro! ¡El pueblo de Rose, la de las Chicas de Oro! ¿A que es una idea fantástica?

El pueblecito tiene 332 habitantes, congregados en 102 familias, que habitan en 175 hogares. El 96.69% son blancos, el 1.51% son nativos americanos (o sea, 5), el 0.30% asiáticos (o sea, nueve décimas de chino), y el 1.51% de otras razas (o sea, otros cinco). Son datos del censo del año 2000.

Hablando con Jandro surgió la idea. ¿No sería fantástico? Podríamos ir en grupo, ya me lo estoy imaginando. Aprenderemos a cazar patos, salmones, mapaches, y osos. Los nativos, los cinco, seguro que nos enseñan a utilizar las lanzas y la Heckler and Koch 9mm Parabelum . Y luego, al caer la noche, danzaremos en torno al fuego y untaremos a Luis con sangre de ternera en señal de hermandad. Eso seguro que atrae a más animales. Con Jandro montaremos a bisonte e imitaremos a los castores y les gastaremos las típicas bromas. Sobre todo esa de meternos en su guarida con los botes de spray estos que les ponen una trompeta y los usan en los partidos de baloncesto.

También organizaremos una gran fiesta en el establo de Frank, amenizada por un concierto de Maldita Nerea. Allí escupiremos y nos rascaremos la entrepierna a la par que cantamos y bailamos. Luego quemaremos el establo como marca la tradición. Estoy deseando robar con Iván los pasteles de manzana (que ponen en las ventanas para que se enfríen) y correr con ellos, riendo, mientras esquivamos los balazos. Me encantaría que Mariángeles se permanentara el pelo en la peluquería que Dolly Parton seguro tiene en el centro del pueblo. Y que Oli se lo alisara, ¡Dolly hace maravillas!

Pasaremos noches maravillosas en la taberna de Matt, comiendo cacahuetes y escupiendo las cáscaras, jugando al billar y destapando las botellas de cerveza con las axilas.

Y ojalá Big Foot nos sorprenda en mitad de la noche (!) y se coma las tiendas de campaña.

¡Qué gran idea! ¡Qué gran viaje!

RM