30 septiembre 2006

Los patriotas y los idiotas

Hoy he visto World Trade Center (Stone, 2006) y nuevamente me pregunto el por qué de ciertas cosas de mi país. A los americanos les atacan y les tiran un par de populares rascacielos y se unen más que nunca. Aquí vuelan unos trenes y ¡zas!, el país partido por la mitad, como lo ha estado en los últimos 100 años.

Ahora bien, puedo entender que la mitad de los españoles pensemos de manera distinta a la otra mitad: es cierto, comprensible, estadístico y natural. Ahora bien, lo que no puedo entender de ninguna manera es que media España se sienta patriota y la otra no.

Y es que parece que ser patriota en este país es algo malo, caduco, facha y/o trasnochado. Que sentirse identificado con la bandera española es algo poco más que antidemocrático y dictatorial.

Yo siempre he llevado una banderita de España y otra de la UE pegadas en la parte trasera de mi coche; no muy grandes, la verdad, unos dos centímetros de alto por unos cuatro de ancho cada una. Recuerdo que un paleto de Aluche, un artistilla a medio camino entre el pop art más rancio y la delincuencia callejera, mal llamada antiglobalización, que trabaja conmigo en una popular serie de televisión, se dedicaba a arrancar la pegatina española cada vez que veía a mi coche solitario en el parking del estudio. Eran los días del No a la guerra, donde los artistas (sic) de este país se alzaron en una sola voz pidiendo la retirada de las tropas de Irak. A hurtadillas dejaba sobre mi mesa de trabajo la pobre pegatina arrancada, no sé si como amenaza o como aclaración de que el delito era cometido allí mismo y no en otro lugar. Yo actuaba siempre de la misma manera: banderita arranca, banderita inmediatamente repuesta en la primera gasolinera que encontraba (las venden en todas).

Un día lo sorprendí. Evidentemente, me enfadé mucho y le pregunté que por qué hacía eso. No sé quién le habría aconsejado esa respuesta, pero me esputó: "¡Esa bandera no es constitucional!". Me quedé petrificado por semejante burrada. Gracias a mis años como estudiante de Derecho pude echarle en cara en ese mismo momento el artículo 4.1 de nuestra Carta Magna que reza: "La bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas". Su principal argumento había saltado por los aires, de modo, que algo nervioso se agarró a uno peor: "Es que no me siento identificado con esa bandera". A lo que yo alegué dos observaciones: 1, a qué bandera se sentía él identificado entonces ¿a la de Nicaragua? ¿a la de Noruega? ¿o tal vez a la de Senegal?; y 2, el hecho de que él no se sintiera identificado con ella, ¿qué coño justificaba que me arrancase a mi la banderita del coche?

***

Leo en el diccionario de la RAE:

patria.
(Del lat. patrĭa).
1. f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.

patriota.
(Del gr. πατριώτης, compatriota).
1. com. Persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien.

Y pienso: sí, soy patriota. Siento amor hacia mi país, primero porque es mi país. Lo siento, no nací ni en Rusia, ni en Colombia, ni en Irak, ni en Nueva Zelanda. Estoy unido a él. Mi infancia la pasé en él. Vivo en él, y las personas a las que más quiero también viven en él. Mi futuro se proyecta aquí. Mis antepasados vivieron aquí. Y me gustaría mejorarlo, hacer de él un sitio mejor. Me gusta y me gusta que sea el mío. No lo puedo entender de otra manera. No puedo entender que vivamos en un país donde una gran parte de la población piensa que ser patriota es una opción. No, sinceramente creo que debe ser algo innato al ciudadano. No serlo es idiota. Y así es. Este es un país compuesto de dos clases de ciudadanos: los patriotas y los idiotas.

RM

21 septiembre 2006

Atrapado

Ojalá pudiese decir que he estado de vacaciones. ¡Todo lo contrario!

Aunque, bueno, la verdad es que de repente, insospechadamente he tenido dos días libres. Me he visto atrapado en mi pueblo, entre dos días de rodaje, sin nada que hacer, y sin que mereciese la pena volver a Madrid para nada.

Y al fin encontré el momento de escribir unas líneas en mi querido y abandonado blog.

¿Sobre qué escribir? Tal vez haga una lista:

1. En este tiempo he encontrado unos maravillos "Fragmentos de corazones rotos".
2. Adoro cada vez más España, y cada vez más aborrezco a los españoles.
3. ¿Tan difícil es poner un iPod en un coche?
4. Pitcairn: el descubrimiento.
5. Tontos I, II y III.
6. Cumplo 30 dentro de poco.
7. Tontos IV, V y VI.

Voy a meditarlo.

RM

23 julio 2006

La rana verde

Hoy he visto Madagascar (Darnell y McGrath, 2005) y, francamente, después de haber visto Cars (Lasseter y Ranft, 2006) hace un par de semanas, he de decir que Dreamworks le está poniendo las cosas serias a Pixar.

Eso sí, hay algo en Madagascar que no me ha gustado, como en muchas otras películas de animación: el doblaje. ¿Por qué insisten en poner a famosos (o famosetes) para doblar algunos personajes? Es lógico que lo hagan en las versiones originales; de hecho incluso a veces modelan a los personajes con algunos rasgos de su personaje "doblante". ¿Pero por qué en España el doblaje tiene que correr a cargo de un famoso (o famosete)? ¿Alguién va a ir a ver la película porque la dinosauria la dobla Maribel Verdú? (véase Dinosario (Leighton y Zondag, 2000)). En la mayoría de los casos se cometen graves errores, porque ser famoso (o famosete) no significa tener cualidades como doblador. Ya, ya... ya sé que muchos son actores de profesión, pero... ¿es que acaso los actores españoles saben hablar? La única manera de entender a Paz Vega es con subtítulos y a Jorge Sanz ni siquiera con eso. Hace poco me enteré de que era español. La Verdú de Dinosaurio debería ser enviada al espacio exterior. Y el Paco León de Madagascar podría servir de combustible.

En fin, dicho eso, quería subrayar algo más acerca del mundo audiovisual infantil. Ha salido a la venta la primera temporada de los Fraggle Rock (Henson y otros, 1983). Cuando se revisan cosas de nuestra infancia se corre el riesgo de que éstas parezcan caducas y aburridas, pasadas de moda (hace poco vi un capítulo del Un, dos, tres (Ibáñez Serrador, 1972) y casi sufro una apoplegía). Sin embargo, los Fraggle siguen frescos y divertidos como el primer día. Y me he sorprendido al verlos, no sólo por lo bien hechos que están, sino por lo interesantes y profundos que podían llegar a ser.

Pongo un ejemplo. Esta canción aparece en el capítulo "Treinta minutos de jornada laboral" de la mencionada primera temporada, y la canta Bongo (el protagonista) a su amigo Dudo, que como muy bien su nombre indica, duda sobre qué trabajo ejercer en su vida:
No sabrás cómo es hasta probar,
no sabrás reír hasta llorar,
no podrás estar de vuelta si no vas,
mejor se aprecia todo al faltar.

Yo siempre viví para soñar,
yo pensé: "que fácil ser feliz",
pero cómo iba a imaginar
que siempre hay un precio que pagar.

Pues bien, visto el proceso de idiotización al que están siendo sometidos nuestros niños hoy día con programas absurdos y superficiales, hago un llamamiento para recuperar programas realmente educativos, pero divertidos y entrañables a la vez. Hay que reconocer que la labor de Jim Henson a lo largo de su vida va mucho más allá de un lucrativo y jugoso negocio cuyo vértice descansa sobre una rana verde. Henson consiguió crear y alimentar una magia que hoy día perdura: desde Gustavo hasta los Fraggle, desde El Cristal Oscuro (Henson y otros, 1982) hasta Dentro del laberinto (Henson, 1986).

En fin, ¡hurra por Henson y su legado! ¡Qué suerte que él se encargó de hacer mágica mi infancia!


Y que metan a los Teletubbies (Finch y Hiller, 1997) con Maribel Verdú en la nave espacial.

RM.

19 julio 2006

Carne de botón

¿Te gusta conducir? Pues sí. Me gusta conducir y me gustan los coches, aunque mi coche no me agrada precisamente. Es el diseño, que es muy rancio. Pero por dentro es comodísimo, que es lo que yo busco en un coche: confort. Soy carne de botón, y este tiene botones por todas partes, y decenas de funciones automáticas. ¡Adoro las funciones automáticas! Tengo la sensación de que miles de enanitos trabajan para mi, y eso hace que me sienta alguien importante. Sensor de lluvia, sensor de luz, navegador, velocidad crucero, freno y acelerador en el volante... y sobre todo, es automático. Desde que los probé hace años no quiero conducir coches que no sean automáticos. Son comodísimos y sobre todo para una ciudad tan... tan... tan atascada como Madrid.

Cuando a veces comento que mi coche es automático, casi siempre hay alguien que salta con aquello: "Uf, automático, a mi no me gustan, a mi gusta conducir y sentir cómo cambio las marchas yo mismo". ¡Qué estupidez tan grande! ¿Para qué conducir tú si lo puede hacer la máquina? Es cómo decir que prefieres lavar la ropa a mano para sentir
como la frotas. ¡Qué estupidez!

RM.

PD: A las dalias les sienta tan bien el calor. Están preciosas.

14 julio 2006

Pues...

...va a ser que sí.

01 julio 2006

Los perros de Jorge

Recuerdo el primer día que fui a casa de Jorge. El vivía en una urbanización a las afueras de la ciudad, en una vivienda unifamiliar de dos (¿o tres?) plantas. Al llegar contemplé el edificio y respiré hondo. Tenía el presentimiento de que me adentraba en un nuevo mundo. Dos cuervos cruzaron el cielo en ese momento graznando y agitando sus alas. Busqué el timbre de la puerta exterior entre la maleza durante unos cuarenta y cinco minutos. Me sobresaltaron un par de mapaches que llevaban varios meses atrapados allí. Los liberé y se alejaron dando saltos complacidos por mi buena voluntad.

Jorge no tardó en salir a recibirme. Tras saludarnos durante varios minutos me advirtió de la presencia de su perro "Arqui", encerrado en una jaula justo a la izquierda de la entrada.

-No toques el cristal, no te acerques al cristal, entréguale sólo papel fino, ni plumas, lápices o bolígrafos. Ni grapas o clips en tu cuestionario. Usa la bandeja deslizante, no hagas excepciones. Si intenta pasarte algo no lo aceptes. ¿Entendido?
-Entendido, Jor.
-Te enseñaré por qué exigimos tantas precauciones. La tarde del 8 de julio de 1981 se quejó de un dolor en el pecho y fue llevado al dispensario. Le quitaron el bozal y las correas para hacerle un electrocardiograma. Al acercarse la enfermera, él le hizo esto.

"Arqui" era un simpático perro negro, del tamaño de un caballo pequeño, cuya peculiaridad, que le había hecho muy popular en la zona, era que ladraba al revés. A pesar de que había sido acusado de varios asesinatos, la familia de Jorge lo había acogido con gran cariño, aunque la reciente desaparición de varios bebés en el barrio le habían puesto de nuevo en el punto de mira.

-¡Mira que mono!

"Arqui" ladró y se me despegaron las encías. Reímos y cruzamos el jardín para entrar en su casa.

Era una acogedora casa llena de antiguos recuerdos y detalles de lejanos viajes a través de los cinco continentes. Cuando conseguí encaramarme a la colección de máscaras africanas apiladas en la entrada, pude divisar el pasillo. Con ayuda toqué de nuevo el suelo y descubrí a una entrañable señora mayor que caminaba de espaldas.

-Hola, ¿qué tal?
-Usted morirá en su próximo viaje espacial.

La mujer subió las escaleras, de espaldas. No volví a verla. Jorge me presentó a sus padres, quienes me invitaron a tomar café y un exquisito vino dulce que habían comprado a simpático señor en su último viaje a Jerusalem, que aseguraba era el mismo que tomó Jesucristo en la última cena. Reímos y bebimos.

Entonces Jorge me presentó a sus perros, los otros, los pequeños, los que vivían dentro de casa. Yo pude contar unos dieciseis. Aunque creo que eran menos. Todos eran descendientes de la misma pareja, Samy y Totó. Totó siempre había sido un perro muy activo sexualmente. Todos los días se apareaba con Samy, con todas sus hijas, con todos sus hijos, con sus nietos, con sus bisnietos, con el gato de la vecina y con el cartero en un par de ocasiones.

Digamos que todos ellos eran perros muy fogosos, y tanto se habían mezclado entre sí, que empezaban a darse algunas simpáticas aberraciones genéticas. Lucía había nacido sin globos oculares. Los tenía Bongo, que nació con cuatro. Rizzo tenía dos rabos y Lucky cuatro patas, dos hacia abajo y dos hacia arriba, siendo curioso que las de atrás eran las de delante. Smurfy hablaba un perfecto castellano, aunque era incapaz de pronunciar la palabra "alburquerque". Raspitas era capaz de imitar los sonidos de los demonios de Tasmania y era el gran entretenimiento en fiestas y celebraciones.

Sparky era un curioso caso de nacimiento espontáneo. Se concibió a sí mismo y, aunque no debe de comer pasada la medianoche, es un perro encantador. Tuvo dos cachorros también consigo mismo, Kron, un precioso pastor alemán, y Bala, un elegante ejemplar de nutria, muy cariñosa también, pero que falleció cuando un día se metió en la taza del váter y tiró de la cadena. Me enseñaron fotos de ella y el propio váter que aún conservaban con ella todavía atorada.

Toñi era la más tímida de todos. Su incapacidad para mover cualquier músculo del cuerpo salvo la comisura superior del labio le habían convertido en un atractivo sujetalibros. Pero para que tuviera movilidad, el padre de Jorge, un hombre muy hábil con el bricolaje y las maracas, le había construído una plataforma que ella misma podía controlar manejando un jostick con su labio.

Y a pesar de que han sido denunciados por Sanidad en varias ocasiones, lo que yo percibí en aquella casa es que me encontraba ante una familia feliz y comprometida con el medio ambiente.

Adoro ir a casa de Jorge.

RM.

Algo viene

Who knows?
It's only just out of reach,
Down the block, on a beach,
Under a tree.
I got a feeling there's a miracle due,
Gonna come true,
Coming to me!
Cantaba Richard Beymer en su papel de Toni en West Side Story (Robbins y Wise, 1961) (Por cierto... ¿qué fue de ese actor?) la mañana antes de conocer a María, su Julieta. Intuía que algo bueno estaba a punto de suceder, que algo iba a llegar a su vida.

Could it be?
Yes, it could.

Something's coming, something good,
If I can wait!
Pues hoy viernes, en mitad de la noche, siento lo mismo que Beymer. Sólo que me niego a interpretar su número de baile. La última vez casi me cuesta las dos piernas.

Something's coming,
I don't know what it is,
But it is
Gonna be great!
¿Viene mi Julieta?


RM

27 junio 2006

La amabilidad de los extraños

Hay quien el calor aploma, a mí me activa. Los días, al ser más largos, invitan a hacer cosas y dan la sensación de que el tiempo no pasa, o al menos, corre más despacio.

Hoy, al salir de la oficina un chaval de unos 17 años me ha pedido un cigarrillo. Antes de que le dijese "No, lo siento" he reconocido su rostro. Un día, hace un par de meses, tenía que subir los nuevos muebles a la oficina y estaba solo. El estaba sentado en el portal del edificio, esperando a alguien probablemente. Viéndome incapaz de cargar con aquellas pesadas cajas me atreví a pedirle ayuda. El chico no lo dudó ni por un instante y me ayudó gentilmente.

Hoy se había cruzado de nuevo en mi camino:

-¿Tienes un cigarrillo?
-Sí, claro... Aunque sólo sea por agradecerte que me ayudaras a subir los muebles.

El chico extrañado se ha fijado en mi rostro hasta que ha logrado entender mis palabras. Entonces una sonrisa ha cruzado su rostro de lado a lado.

-¡Gracias!

Y le he dado el cigarrillo.

Ya lo decía Blanche Dubois, el inolvidable personaje de Un tranvía llamado deseo: "Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños", frase que los que hemos tenido que vivir mucho tiempo solos conocemos muy bien. Hoy lo he comprobado una vez más, aunque extraña manera de agradecer algo tan amable con algo tan perjudicial como un cigarrillo.

RM.

PD: Las dalias han florecido puntuales, como siempre a principios de verano, este año especialmente vistosas y coloridas. Y es que la misma dalia te puede sorprender con tonos muy diferentes de una flor a otra, con tamaños y formas tan distintos que, a veces, cuesta trabajo creer que se trata de la misma planta. Además, es enormemente agradecida, requiere de pocos cuidados y florece copiosamente durante cuatro o cinco meses. Una persona muy especial me llama "El señor de las Dalias". Como este año respondan como lo hicieron el año pasado, desde luego que lo voy a ser.

17 junio 2006

Creer, pero no a cualquier precio

Aunque tengo un vago recuerdo anterior de Gary Cooper en Solo ante el peligro (Zinnemann, 1952) en un cine de verano, la primera película que vi en una gran pantalla fue E.T., el Extra-Terrestre (Spielberg, 1982).

Efectivamente, pertenezco a la generación de Indiana Jones (Spielberg, 1981), La Guerra de las Galaxias (Lucas, 1977), Los Gremlins (Dante, 1984), Los Cazafantasmas (Reitman, 1984), Los Goonies (Donner, 1985), El Cristal Oscuro (Henson y otros, 1982) y los Teleñecos. En mis fantasías infantiles se mezclaban las bicicletas voladoras, con los templos malditos, los imperios que contraatacan, los espíritus, los piratas... ¡y mucho cuidado con que te diera la luz, tocar el agua o comer pasada la medianoche!

Siempre he deseado creer que hay vida en otros planetas, o un monstruo en el Lago Ness, o que se puede curar con el pensamiento. Me encantaría sentir que puedo levitar si me concentro mucho, o que soy la reencarnación de Napoleón Bonaparte, o que cuando muera veré un túnel con una preciosa y cegadora luz al final y descubriré un jardín paradisíaco en el que pasaré el resto de la eternidad.

Sueño con levantarme un día y ver que los informativos de la televisión abren sus ediciones con las respuestas a los enigmas del triángulo de las Bermudas, el continente perdido de la Atlántida o que Ana Rosa Quintana tiene como invitado a su programa al Yeti o al mismísimo Yoda.

Soy un soñador, como tantos de mi "Generación E.T." (que no O.T., obviamente posterior), pero tengo algo claro: que querer creer no significa creer, y no me gusta que me engañen.

Y digo esto porque se han vuelto a poner de moda los programas de misterios y enigmas, y no con poca audiencia, en los que habitualmente mienten para disfrazar de verdad lo que son meras ilusiones. Y detesto eso. Porque yo claro que quiero creer en volar en una bicicleta con un extraterrestre en la cesta, pero no a costa de llenarle los bolsillos a los Iker Jimenez, a los J.J. Benítez o a los Javier Sierra.

Veo como esos programas se nutren de mentiras, photoshop y mucha caradura. Y cuando falta algún dato, entonces es que hay una conspiración para esconderlo.

Ahora recuerdo uno de los programas de Iker Jiménez en Cuatro (uno de los pocos que he visto). Hablaba el (paranormal) periodista del viaje a la luna, que si era un montaje en un estudio de televisión, que si el hombre nunca ha pisado el solitario satélite. Y luego ponían unas grabaciones que la NASA, y hasta la CIA, el FBI, la KGB, la CBS, la HBO, la AOL (y hasta la UGT si me apuras), habían luchado porque no vieran la luz, porque en ellas Neil Armstrong decía haber visto unos seres extraños en la luna. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Estuvimos o no en la Luna? Porque si estábamos en un plató, ¿dónde vio a los extraterresteres? En fin, conclusión: basura. Y me fastidia.

Por eso, hoy mismo, me hago miembro del proyecto SETI@home, para ayudar a procesar los datos que nos proporcionan los radiotelescopios del Observatorio de Arecibo en busca de otras formas de vida, proyecto que dirige y controla la Universidad de Berkeley, institución que me merece mucho más respeto que Iker Jiménez, o que Cuarto Milenio, o que el canal Cuatro o que Polanco, o que todos ellos juntos.

Además, ayudar a los del proyecto SETI hace que me sienta más cercano a la Jodie Foster de Contact (Zemeckis, 1997), película que adoro, y a la actriz también.

Y es que con este personal invadiendo nuestras pantallas y nuestras emisoras, sembrando las ondas de mentiras y engaños, viene a mi cabeza una frase que lo resume todo:
La mejor prueba de que hay vida inteligente en el Universo, es que aún no nos han visitado.

RM

11 junio 2006

Soluciones rápidas para vidas amargas

¿Qué pasaría si una vendedora de Avon llama a la puerta de una vendedora de productos Tupperware? Seguro que se produciría un pliegue en el tejido espacio-tiempo que nos conduciría irremediablemente al fin del Universo.

Lo reconozco, son mis programas de televisión favoritos: las teletiendas. No son simples anuncios alargados hasta el infinito atrapados en un eterno y mecánico bucle de demostración-oferta-
teléfono-llameyá!-demostración-oferta-teléfono-llameyá!-demostración.

No. Gracias a ellos puedes proyectarte hacia una vida mejor, más perfecta. Te ayudan a reconciliarte contigo mismo, a que descubras lo miserable que puedes llegar a ser (parte negativa o analítica), y lo fácil que puede ser cambiar (parte positiva o reactiva). Además, no
sólo puedes ayudarte a ti mismo, sino que también puedes ayudar a los demás, sobre todo con aquellas ofertas 2x1: Una para ayudarme a mí y otra para ayudar a mi amigo.

Viendo esos anuncios descubres que eres desdichado por no tener un estómago que parezca que te has tragado un radiador; por no saber cortar la cebolla en simpáticos triangulitos (el secreto mejor guardado de las grandes fiestas) o no convertir una patata en un hilillo de patata de 200 metros de largo; por no tener un coche abrillantado (y por tanto, no hacer amigos con él); ni una escoba que recoja serrín magnéticamente; ni una coctelera que se convierte en salero y molde de bizcochos con dos simples accesorios (¡magistral); ni una máquina de coser de viaje, del tamaño de un mechero, para arreglar los bajos de unas cortinas, por si acaso. Además, ¡todo se puede guardar debajo de la cama!

Cuando de madrugada, en la soledad que acompaña a la noche, descubres que los motivos de tus dedichas radican en no tener los dientes de un blanco nuclear o en no conocer los 200 temas más oídos en los 50, es precisamente cuando te das cuenta de que no tienes una cama los suficientemente alta como para albergar todos los parches que tu vida necesita.

Somos seres incompletos, ya lo dice la RAE al definir "amor". Es cierto. Habría que invertir el horario de la programación de las televisiones para ayudar a la humanidad a desarrollarse.

RM.

PD: con el juego de cuchillos Nikkei Profesional te regalan un exprimidor de bolsillo. ¡Por sólo dieciocho noventa y nueve! ¡Llame ya!

10 junio 2006

De museos y artículos de baño

Llego a casa de mis padres, aquí, en el Sur. Decido que es un gran momento para escribir unas líneas, así que me voy al salón donde está Internet. ¿Y qué me encuentro? Algo parecido a una biblioteca pública. Las tres mesas están ocupadas por libros de Filosofía, de Ciencias Naturales, de Matemáticas y un extraño Manual de Mecánica II (ignoro quién en mi casa está interesado por la mecánica, pero desde luego lo investigaré... ¡ya va por el segundo tomo!). La gente debe estar durmiendo la siesta, preparándose para la sesión de estudio de tarde.

Abro al azar el libro de Filosofía, siento curiosidad por ver cómo se enseña hoy lo que yo estudié hace 12 años (oh, cielos).
En mitad de un viaje, nos sorprende muchas veces la belleza de un paisaje, sea cual sea la disposición de ánimo en la que nos encontremos. El visitante del museo va fundamentalmente a gozar con la belleza, no a envidiar a los artistas que pintaron los cuadros, ni a levantar el ánimo decaído, ni a informarse sobre la mitología.
Hace mucho que no piso un museo. Mal hecho. Es de esas muchas cosas que no apetece hacer solo (y probablemente, sea la mejor manera de hacerlo), como ir al cine, al gimnasio o al teatro, y que siempre acabo relegando para no sé cuándo y el momento para hacerlo nunca acaba por llegar , y acabo por ir la mitad de la mitad de veces que me gustaría. Así que apunto a mi lista de "Cosas a hacer": Ir a museos. Reflexiono. Tacho la última "s". Ir a museo. Me avergüenza el tachón y empiezo a escribir una "s" encima del tachón. Como no se ve lo suficiente, convierto el tachón-s en una enorme "S". Es una "S" un tanto descomunal y apocalíptica. Parece ahora que no voy a dejar museo por ver en toda la ciudad.

La última vez que fui a un museo fue hace 6 meses. Bueno, no era exáctamente un museo, sino una exposición. Se trataba de "Faraón", la colección de piezas egipcias que la Fundación del Canal de Isabel II tiene en Madrid desde entonces, prestadas amablemente por el Museo de El Cairo. El arte egipcio es fascinante, sin duda, pero no sé qué me pasó aquel día, que aquellos fastuosos y pétreos bustos, aquellos lujosos colgantes o enigmáticos jeroglíficos, ni siquiera la (deslumbrantemente) bien conservada cama de Tutankhamón, consiguieron remover las fibras sensibles que se supone tenían que haber sido removidas. Tal vez porque no sea un arte para "sentir", sino un arte para "conocer".

Salí de allí tal y cómo había entrado.

Por cierto, recuerdo que intenté mandar un mensaje con el móvil justo cuando estaba viendo los utensilios de baño de Amenofis IV, y una chica de la organización, creyendo que usaba mi móvil no cómo móvil sino como cámara, vino a decirme que no se podían hacer fotos. Me arruinó el mensaje, ya no pude concentrarme. Y es que no me gusta que me llamen la atención. Además, entre nosotros, ¿quién quiere una fotografía de los artículos de aseo de Amenofis IV?

RM.

08 junio 2006

Grandes que caen (y se levantan)

Ayer por la noche fue el día de revisar (o revisitar, como dicen los anglosajones) Sentido y Sensibilidad (Lee, 1995). Lo que me atrae de la película no es la historia de Jane Austen, sino precisamente la labor de todos los que la llevaron a la pantalla. Disfruto con los paisajes, con los trajes, con la música, con el montaje, con la dirección, con el guión y, sobre todo, con ella, con Emma Thompson. Me estremezco cuando la veo derrumbarse. Su personaje, Elinor Dashwood, es un mujer fuerte, firme, responsable... pero, sin embargo, un día se derrumba. O bien podríamos decir: "la derrumban". Pero de un modo u otro, ella se desmorona. Y no podemos (puedo, al menos) evitar emocionarnos cuando vemos a un personaje fuerte derrumbarse. Y me tacharán de machista, pero si el personaje es mujer, la emoción es doble.

La Vivien Leigh de Lo que el viento se llevó (Flemming, 1939), la Shirley MacLaine de La fuerza del cariño (Brooks, 1983) o la Glenn Close de Las Amistades peligrosas (Frears, 1988) sobresalen en esta categoría de grandes mujeres que, por un motivo u otro, se derrumban.

Nadie espera que los fuertes un día tropiecen y caigan. Y cuando lo hacen, nos estremecemos por admiración (aunque hay quien se alegra por aborrecimiento, como cuando cae un dictador o semejante). Nada es perfecto en esta vida, nada ni nadie, y buen día, un avión entra en un rascacielos y éste se viene abajo, y al rato otro. ¡Qué cosas!

Sin embargo, no dejo de pensar que no hay mejor lección que la que nos proporciona un grande al caer. Al fin y al cabo, cada uno en su medida, escriben una línea para la historia, para ser analizada, para convertirse en lección y, con algo de suerte, incluso en refrán.

[minutos más tarde]

Informo a Iván del título de esta entrada. Y rápidamente responde: "Pero que se levantan". Es cierto. ¡Corrijo lo anterior! No hay mayor lección que la de ver a un grande levantarse tras haber caído. Así demuestra lo grande que es. El rascacielos cae y hacen uno más grande en su lugar. ¡Eso es!

RM.

01 junio 2006

St. Olaf, Minnesota

Ya sé a dónde me quiero ir de viaje con mis amigos: ¡a St. Olaf! ¡Minnesota!

Tal vez leído no te suene a nada, pero si atendemos a una cutre transcripción fonética sería algo así como /Senoláf/... ¡Claro! ¡El pueblo de Rose, la de las Chicas de Oro! ¿A que es una idea fantástica?

El pueblecito tiene 332 habitantes, congregados en 102 familias, que habitan en 175 hogares. El 96.69% son blancos, el 1.51% son nativos americanos (o sea, 5), el 0.30% asiáticos (o sea, nueve décimas de chino), y el 1.51% de otras razas (o sea, otros cinco). Son datos del censo del año 2000.

Hablando con Jandro surgió la idea. ¿No sería fantástico? Podríamos ir en grupo, ya me lo estoy imaginando. Aprenderemos a cazar patos, salmones, mapaches, y osos. Los nativos, los cinco, seguro que nos enseñan a utilizar las lanzas y la Heckler and Koch 9mm Parabelum . Y luego, al caer la noche, danzaremos en torno al fuego y untaremos a Luis con sangre de ternera en señal de hermandad. Eso seguro que atrae a más animales. Con Jandro montaremos a bisonte e imitaremos a los castores y les gastaremos las típicas bromas. Sobre todo esa de meternos en su guarida con los botes de spray estos que les ponen una trompeta y los usan en los partidos de baloncesto.

También organizaremos una gran fiesta en el establo de Frank, amenizada por un concierto de Maldita Nerea. Allí escupiremos y nos rascaremos la entrepierna a la par que cantamos y bailamos. Luego quemaremos el establo como marca la tradición. Estoy deseando robar con Iván los pasteles de manzana (que ponen en las ventanas para que se enfríen) y correr con ellos, riendo, mientras esquivamos los balazos. Me encantaría que Mariángeles se permanentara el pelo en la peluquería que Dolly Parton seguro tiene en el centro del pueblo. Y que Oli se lo alisara, ¡Dolly hace maravillas!

Pasaremos noches maravillosas en la taberna de Matt, comiendo cacahuetes y escupiendo las cáscaras, jugando al billar y destapando las botellas de cerveza con las axilas.

Y ojalá Big Foot nos sorprenda en mitad de la noche (!) y se coma las tiendas de campaña.

¡Qué gran idea! ¡Qué gran viaje!

RM

31 mayo 2006

Todo el mundo fuera del agua

Hoy hace viento. Se oye desde la casa como se agitan los cerezos del jardín. Elliott está inquieto y al más mínimo ruido ladra impetuosamente. He preparado una cena, que bien me valdrá de comida mañana y puede que de cena también, porque he cocinado para dieciséis. Es una receta que me pasó mi madre y me he mostrado muy perezoso para calcular las proporciones para una persona sola. Además, me da vergüenza echar un cuarto de zanahoria a la olla.

Esta es una de esas noches de pijama y película.

¿Qué película? No sé... Lo he estado pensando y de repente me he percatado del ruido del toldo agitado por el viento, que me recuerda mucho el de las velas de un barco, cuando éste vira o un viento inconstante hace que las velas flameen. Así que, está claro, hoy es noche de Tiburón (Spielberg, 1975).

De esa película me atrae la magistralidad de su dirección. No contaba con un gran guión, ni con grandísimos actores, ni con grandes decorados, ni siquiera con un tiburón que pudiese funcionar más de unos pocos segundos bajo el agua. ¿Qué tiene de especial entonces? Que la labor de Spielberg se concentró más en hacer que fuera el agua la que diera miedo y no el temible escualo. ¡Todo el mundo fuera del agua!, gritaban. Así como si el bicharraco se fuera a comer al que tuviera aunque sólo fuera los tobillos dentro del agua. Eso no estaba en el guión, eso sólo puede ser la idea de un genio. Y el tiempo lo ha demostrado.

¿Alguién quiere venirse a cenar? Pues que traiga un pijama.

RM dixit.

30 mayo 2006

Una puerta a nuevos mundos

Decía Ouisa Kittredge, magistralmente interpretada por Stockard Channing, en 'Seis grados de separación' (Schepisi, 1993):
- Cada nueva persona que conocemos es una puerta que se abre a nuevos mundos.
No sé si la Sra. Channing imaginaba la verdadera magnitud de su afirmación al pronunciar estas palabras. Yo estoy convencido de ello. Y esto sucede cuando conozco a determinadas personas.

Cada persona que conocemos, me decía Luis, es una nueva rama que crece en el árbol que es nuestra vida. Nunca sabes qué te va a deparar, si será la más bella, la que más sombra dé, o la que haga temblar el árbol. Eso nunca se sabe. Pero en ocasiones, no puedo evitar sentirme alegre cuando conozco a una nueva persona, sobre todo si por ella merece la pena hacer cosas; alguien a quien da gusto oír hablar, porque cuando lo hace es para decir algo que tiene que ver con ser bueno y honesto. Porque posee sueños y porque sabes que los acabará alcanzando.

No somos más que un collage de otras personas. Y a veces, cuando conozco a alguien y me alegro de haberlo hecho, quiero que ese alguien forme parte de mi collage.

RM.

24 mayo 2006

La zancadilla

zancadilla.
(Del dim. de zancada).
1. f. Acción de cruzar alguien su pierna por entre las de otra persona para hacerle perder el equilibrio y caer.
2. f. coloq. Estratagema con que se derriba o pretende derribar a alguien de un puesto o cargo.
[...]
Cuando se trata de dinero, la gente es capaz de hacer cualquier cosa. En los últimos días he tenido la (buena o mala) fortuna de conocer a un par de individuos capaces de poner la zancadilla a cualquiera por unos euros, a sabiendas de que perjudicaban a gente con sus acciones.

Cuando se trata de ganar una carrera, sólo hay dos opciones. La primera, la correcta, es correr más que los demás. Correr más y mejor. La segunda, la vergonzante, es poner la zancadilla a los rivales. Si lo piensas bien, es la más fácil, pero es la más triste. Yo no quiero llegar a ser nadie en la vida por haber puesto zancadillas. Sobre todo si mis rivales consideran que se trata de algo noble competir junto a mí.

Pero tristemente, descubro que estas prácticas, las zancadillas, son más habituales de lo normal. Y el único consuelo que me queda es el de pensar que, si esos individuos que las practican son descubiertos, quedarán retratados ante los espectadores que observan.

Imagino que no he descubierto nada nuevo, que esto se llama "Caín y Abel" desde hace mucho.
Caín invitó a su hermano Abel a dar un paseo, y cuando los dos estaban ya en el campo atacó a su hermano Abel y lo mató. Entonces el Señor le preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel?. Y Caín contestó: No lo sé. ¿Acaso es mi obligación cuidar de él?
La primera muerte que narra la Biblia tuvo que ser precisamente esta, la provocada por la envidia, y entre dos hermanos, dos iguales, dos colegas. Es tal vez la envidia la más primitiva de las pasiones humanas, la que ha empujado a unos a poner la zancadilla a otros...

...pues yo lo tengo claro, no quiero ser de los unos: quiero ser de los otros. Porque si alguien piensa que poniéndome la zancadilla va a conseguir que me retire de la carrera, está muy equivocado. Puede que caiga, pero me levanto de nuevo, y cabreado empiezo a correr más que antes. Ahí queda dicho.

Máxima del día: Si me pones la zancadilla, me llevaré tu nombre por delante. (Véase el caso de Sonia M.)
RM

23 mayo 2006

Los inconvenientes de una mudanza

En breve la nueva oficina estará lista. La verdad es que estoy muy contento con ella. Aunque no es muy grande, sí es suficiente para lo que yo necesito. A ver si las cosas van bien y pronto necesito contratar a 7 personas y mudarme a una de 100 m2. Son muy caros los alquileres de oficinas: por esos metros, los precios oscilan entre los 1.800 euros de un parque empresarial en los alrededores de Madrid, hasta los 45.000 euros mensuales que te piden en el nuevo World Trade Center de Nueva York. Se lo he comentado a Luis y me ha dicho que la idea le mola, pero que le inquieta que no podamos mudarnos allí hasta que esté terminada, más o menos en el 2011. Así que me lo ha quitado de la cabeza. Además Telefónica no te respeta el número de teléfono, y te dan uno demasiado largo.

¡Todo son inconvenientes en el World Trade Center!

21 mayo 2006

Un día cualquiera

Si la esperanza de vida media de este país es de unos 80 años (según la UNICEF), más o menos un individuo en circunstancias normales viviría unos 29.220 días. No parecen tantos, ¿verdad? Pues bien, de esos 29.220 días, tal vez, sólo una docena de ellos son los que realmente determinan el curso de la vida de uno, algo así como lo que en cine denominamos "nudos de la trama": el día que decidió abandonar los estudios, o el que pidió la mano de la que ahora es su mujer, o el día en que sonrió a la que ahora es su amante.

Anoché recordé a Oscar. Y recordé el día en el que todo le empezó a ir mal, uno de esos doce días clave.

Oscar era en aquel entonces un chico joven, moreno, de piel fina, blanca y limpia. Siempre fue un chico imaginativo, creativo, con grandes aspiraciones en la vida (se podía ver en sus ojos): montar su propio negocio de compraventa de vehículos.

Era nochevieja, él apenas tenía 19 años, y su novia uno menos. Al salir del local, una de esas macro-discotecas improvisadas ad hoc para la ocasión, frente al parque que rodeaba la gran carpa, se besaron, se recostaron sobre el césped y jugaron durante un rato; incluso ella rompió una de sus medias. El alcohol había hecho efecto en la chica y se sentía algo mareada, de modo que se fue a casa. Oscar la despidió y prometieron llamarse al día siguiente.

Sus padres al verla llegar, bebida, despeinada, con la ropa algo revuelta, con una media rota y con restos de césped por su cuerpo, pensaron que alguien había abusado de ella. ¿Quién? Está claro, Oscar. Ella se acostó y mientras tanto los padres, a los que nunca les había gustado aquel muchacho, urdieron un plan en el salón: su hija había sido violada por Oscar.

Al día siguiente los novios no hablaron; ella no cogió el teléfono ni devolvió las llamadas. Oscar no entendía nada, y no lo hizo hasta que unos días más tarde recibió una notificación del juzgado. Fue llamado a declarar. Se le acusaba de violar a una chica de 18 años la noche de fin de año a la puerta de una discoteca. Recuerdo el titular en la prensa. Y recuerdo la angustia de Oscar cuando pensaba que pronto todo el mundo lo sabría.

El juicio tardó en celebrarse, aproximadamente un año y medio después de lo sucedido. Un año y medio de condena auto-impuesta por el propio Oscar. La voz se corrió y la lacra de "presunto violador" empezó a perseguirle por donde quiera que fuera. Nadie lo dudaba y de la expresión "presunto violador" se pasó a la sencilla y rápida "violador". Si uno te señala por la calle a alguien y te dice: "Comentan que ese violó a su novia", inmediatamente lo crees. Tal vez uno de los gestos más vergonzosos de la raza humana. Creer lo malo y dudar lo bueno. Por que si tal vez te señalo a alguien por la calle y te digo: "Mira, ese hombre será el próximo en poner un pie en la luna", es probable que digas para ti: "Ya será menos". Todos creían que Oscar había violado a su novia. Que no tuviera sentido, que una persona como él fuera incapaz de hacer algo así, daba igual... ¡algo habrá hecho!

Oscar empezó a no salir, a no tener amigos, entre otras cosas, porque nadie quería ser su amigo. Abandonó los estudios para evitar lugares frecuentados por gente joven, gente de su propia edad, que no tenían el menor reparo en lanzarle a la cara todo tipo de calificativos. Abandonó sus planes de montar un negocio. Oscar pasaba los días vagando por las calles, tranquilo de que nadie le reconociera.

En alguna ocasión, encontrándose efímeramente en el pasillo del Juzgado, pudo cruzar una mirada con la que un día fue su novia. Oscar le cuestionaba con su mirada: "Pero ¿por qué?" Ella se la devolvía: "No lo sé".

Una fuerte misoginia se apoderó de él. Oscar empezó a odiar a las mujeres. De hecho empezó a frecuentrar locales de ambiente gay por las noches y llegó a tener alguna experiencia homosexual con hombres mayores y casados. El chico joven, guapo y de piel blanca no tenía problemas para encontrar consuelo en hombres mayores que veían en él una especie de animalillo asustado, que corría a sus brazos para sentirse protegido. Me pregunto si llegó a ser feliz en alguna de esas ocasiones. Y me pregunto si ellos creerían a Oscar.

Durante aquel año y medio, Oscar repasaba una y otra vez lo que sucedió esa noche de fin de año, aquellos minutos jugando sobre el césped, aquella media rota. Y una y otra vez se maldecía por no haber ido antes a casa, por haber salido tan pronto del local, por no haberse pedido una copa más, o por no haberse pedido una menos. Por no haber dicho que no a aquella fiesta a la que no quería ir. Por haber jugado a tener novia, porque en realidad todo aquello no había sido más que un juego.

La sonrisa volvió al rostro de Oscar cuando se celebró el juicio. Estaba claro y así lo dijo el juez: Oscar no había violado a aquella chica. No había ni una sola prueba. Y atrapada por su propia mentira ella rompió a llorar frente al magistrado admitiendo que no había sucedido nada aquella noche. Oscar volvió a respirar tranquilo. Fotocopió la sentencia que le exculpaba de los cargos que habían pesado sobre él durante aquel tiempo. La llevaba siempre en el bolsillo. Si alguien le preguntaba o le acusaba, Oscar sacaba su fotocopia, doblada en cuatro partes y la mostraba.

Pero una fría mañana de invierno, unas semanas después del juicio, a Oscar se le borró la sonrisa de su rostro. Se le borró y se ahorcó. Aquello no trascendió a la prensa, como había sucedido una año y medio antes.

Quiero pensar en todos aquellos que alguna vez le acusaron. Quiero pensar que cuando esa noche se metieron en sus camas y cerraron los ojos para decir adiós a otro día, no pudieron dormir. Quiero pensar que Oscar les había demostrado que no eran tan buenas personas como ellos pensaban.

Y quiero pensar que el día que marcó la vida de Oscar, también había marcado a fuego la de aquellos padres que urdieron un plan en el salón y el de una chica que no supo reaccionar a tiempo y tener la valentía de no jugar al juego más sucio de todos los juegos.

Y hoy recuerdo a Oscar y lo recuerdo con su honesta sonrisa, vestido de smoking, en aquella fiesta de fin de año, mirándome, y brindando a lo lejos por una vida mejor.

RM

17 mayo 2006

Los materiales de una nueva vida

Esta mañana se ha empezado a oír una melodía de violín proviniente de la casa que llevaba meses en venta. Era alguien ensayando. El nuevo inquilino ha debido de llegar y esta comunidad es tan silenciosa, que la melodía de tan noble instrumento ha inundado por completo todos los jardines y casas. ¡Cuánto envido a los que son capaces de dominar un instrumento musical! Hasta llegué a plantearme una vez ir a tomar café todos los días al conservatorio de música para acabar conociendo allí al amor de mi vida.

Cuando uno se traslada a vivir a una casa nueva, y sobre todo, cuando esa nueva casa ha sido comprada y no alquilada, comienzan a abordarle a uno todo tipo de pensamientos profundos y existenciales acerca de su nueva vida y, por encima de todo, de la que ha dejado atrás. Estrenar una nueva casa es una acción que puede llevarnos al engaño de estrenar una nueva vida. Eso mismo me sucedió a mí cuando hace apenas un año llegué a esta pequeña comunidad.

Y poco a poco, conforme vas creando nuevos ambientes, haces cambios de decoración o conoces nuevos hobbies, te das cuenta de que no existe eso de "una nueva vida", que no existe eso de empezar "de cero". No. Los materiales que empleamos para construir nuestras vidas, nuestras relaciones personales, nuestros aciertos o nuestros éxitos son siempre los mismos. De modo que lo que por un momento denominamos "una nueva vida" acabará por empezar pronto a parecerse a la anterior. Y esa es la gran fatalidad a la que se enfrenta el ser humano cuando quiere escapar de sí mismo. Choca contra esta intención una y otra vez porque no se percata de que la vida no es un largo y recto camino que discurre entre dos puntos, el nacimiento y la muerte; sino que es cíclica, se repite constantemente, y siempre nos acaba llevando al mismo punto.

En cualquier caso ignoro si nuestro nuevo inquilino quiere empezar o no una nueva vida.

RM

16 mayo 2006

Sólo una cereza

Esta tarde, cansado de esperar (como dije en la entrada anterior) he decidido que hasta aquí habíamos llegado. Me he armado de valor y me he dirigido al jardín. Allí se encuentran los dos árboles que planté este invierno: dos preciosos cerezos que, sumando las cosechas de ambos, me han proporcionado más o menos 1 cereza.

Sí, yo también me quedé sorprendido. Pensé que algo había ido mal. O que no había abonado lo suficiente, o que al árbol le había entrado alguna enfermedad. Pero me informé y me tranquilizaron. El primer año sufren estrés (¡qué curioso término aplicado a un árbol!) y producen mucha hoja y poco fruto. ¡Y tan poco! ¡Sólo una cereza!

En los últimos días se estaba poniendo rojita. De hecho, ayer ya tenía un aspecto apetitoso. Pero alguien me dijo:

-¡No! ¡No te la comas aún! Espera unos días.
-Pero, ¿por qué? Tiene un aspecto apetitoso.
-No, tú espera.
-¿Y si se la come un pájaro? No lo soportaría. Todo el año viéndolos crecer, para que la única cereza se la lleve un puto pájaro en el pico.
-Tú hazme caso.
-Está bien.

Pero no ha sido así. Cansado de esperar por tantas cosas, me he armado de valor y he caminado firmemente hacia el árbol. He agarrado la cereza entre mis dedos y he tirado de ella hasta que se ha desprendido del tronco. Me he sentado en el banco de madera y la he observado durante unos intensos segundos. Era una cereza preciosa. Roja. Brillante. Sin imperfecciones. He sonreído y me la he comido.

Estaba deliciosa. Jugosa, dulce, gruesa.. La cereza perfecta. Aunque claro, me ha sabido a poco. De hecho he vuelto al árbol por si había alguna que se me hubiese escapado. Pero no... el recuento era correcto desde hacía meses.

Me he sentido orgulloso del cerezo. "Buen trabajo", he pensado hacia él, "A ver si el año que viene nos esforzamos un poco más".

Y de repente una extraña sensación me ha invadido. Triste he contemplado el hueso del fruto que tenía ahora en la mano: me he comido la cereza porque no quería esperar más, y sin embargo, lo único que he conseguido es tener que esperar hasta el año que viene para volver a comerlas.

RM

El fundamento de la espera

Hoy iban a poner el nuevo teléfono en la oficina, pero resulta que el cable que va desde no sé dónde hasta ella está estropeado o cortado, de modo que tengo que esperar. Esperar a que unos técnicos pongan ese cable. Y esperar a que vuelvan para poner la línea de nuevo. Odio esperar y últimamente he tenido que hacerlo con demasiada frecuencia. Esperar me consume. El tiempo se escapa, cada segundo es irrepetible y se marcha para siempre...

Sin embargo no paro de decirme durante todo el día: "Quien con fe sabe esperar, ve al fin la suerte llegar." ¿Tiene algún fundamento esto? No lo sé. Pero es un fantástico consuelo.

RM

13 mayo 2006

La Sra. Potimia

Viernes noche. Un amigo viene a pasar el fin de semana, de modo que hemos quedado con algunos más para tomar algo por los locales del centro de la ciudad (y por cierto, lleno de extranjeros). Sentados en un típico pub inglés, tomando unas pintas de sidra, he recordado a una vieja amiga: Laly. Siempre he jugado a ponerle apellidos para jugar con su nombre. Uno de los juegos que más risas me ha proporcionado, sin lugar a dudas. Así Laly ha sido, entre otras, la Sra. Potimia, Laly Potimia. ¡Empecemos!

La Sra. Ebre, la Sra. Teratura, la Sra. Cántropa, la Sra. Banesa, la Sra. Cuadora, la Sra. Brería...

...la Sra. Corera, la Sra. Bertina, la Sra. Posucción, la Sra. Gadura, la Sra. Monera...

...la Sra. Trona o la Sra. Tuana...

...y el mejor de todos: la Sra. Anta, Laly Anta.

Soy como un niño, cuando empiezo no puedo parar. ¡Me hace tanta gracia semejante tontería!

Creo que algún crearé algún personaje con uno de estos nombres. ¿No son fantásticos?

RM

12 mayo 2006

Fedro

Hoy alguien me hizo recordar mis historias de amor. No son muchas, pero sí intensas. Las ha habido con final feliz, con final trágico, con final abierto, con final cerrado, incluso sin final. Las ha habido memorables y las ha habido ridículas. Pero siempre pienso que la mejor está aún por llegar. Siempre pienso eso. Cuando una historia acaba es porque otra mejor está por venir. Si no pensara así, ¿para qué seguir viviendo? Me basta con que sólo sea un 5% más intensa, más valiosa, más memorable... je, ¡un 5% más memorable! Eso tiene gracia. ¡Sólo busco un 5% más de amor, para que merezca la pena!

Me he metido en la cama y me he puesto a divagar sobre todo esto. Y como me gusta torturarme dialécticamente conmigo mismo, me he realizado la mística pregunta de: ¿Qué es el amor?

El amor es..., el amor es... Melvin Udall en "Mejor... Imposible" (Brooks, 1997) nos lo hubiese desvelado de no haber sido interrumpido por su vecino, Simon Bishop, cuando éste descubre que su perro Verdell ha sido hallado en el conducto de la basura.

Me he tenido que levantar para escribir estas líneas.

Primer paso, la RAE. Según la Ilustre Academia es un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

Leo la definición con detenimiento. La leo y la releo, y hay algo que no deja de atraer mi atención y es: "partiendo de su propia insuficiencia". Esto es, el ser humano, el ser humano que ama, es un ser insuficiente. ¿Y de qué carece? ¿Qué necesita para ser pleno, para ser suficiente?

La respuesta: ¿otro ser?

Por un momento recuerdo las referencias platónicas al amor. Así se expresaba el filósofo griego en el Fedro o del amor:


Porque no puede estar en los decretos del destino, que se amen dos hombres malos, ni que dos hombres de bien no puedan amarse. Cuando la persona amada ha acogido al que ama y ha gozado de la dulzura de su conversación y de su sociedad, se ve como arrastrado por esta pasión, y comprende que la afección de todos sus amigos y de todos sus parientes no es nada, cotejada con la que le inspira su amante.

Cuando han mantenido esta relación por algún tiempo y se han visto y han estado en contacto en los gimnasios o en otros puntos, la corriente de estas emanaciones que Zeus, enamorado de Ganímedes, llamó deseo, se dirige a oleadas hacia el amante, entra en su interior en parte, y cuando ha penetrado así, lo demás se manifiesta al exterior; y, como el aire o un sonido reflejado por un cuerpo liso o sólido, las emanaciones de la belleza vuelven al alma del bello joven por el canal de los ojos, y abriendo a las alas todas sus salidas las nutren y las desprenden y llenan de amor el alma de la persona amada.

Ama, pues, pero no sabe qué; no comprende lo que experimenta, ni tampoco podría decirlo; se parece al hombre que por haber contemplado por mucho tiempo en otros ojos enfermos, sintiese que su vista se oscurecía; no conoce la causa de su turbación, y no se apercibe de que se ve en su amante como en un espejo.

Cuando está en su presencia, siente en sí mismo que se aplacan sus dolores; cuando ausente, le echa de menos cuanto puede echarse; y siente una afección que es como la imagen del amor, y a la cual no da el nombre de amor sino que la llama amistad. Sin embargo, desea como su amante, aunque con menos ardor, verle, tocarle, abrazarle y participar de su lecho, y sin duda no tardará en satisfacer este deseo.

Mientras duermen en un mismo lecho, al corcel indócil le ocurre mucho que decir al cochero, y por premio de tantos sufrimientos pide un instante de placer. El corcel del joven amado no tiene nada que decir, pero experimentando algo que no comprende, estrecha a su amante entre sus brazos, y le prodiga los más expresivos besos, y mientras permanezcan tan inmediatos el uno al otro, no tendrá fuerza para rehusar los favores que su amante exija.


Recapitulemos entonces. Amamos por puro egoísmo. Necesitamos amar porque necesitamos ser amados. Y no amamos realmente a la otra persona, sino al retorno que, de nuestros propios sentimientos, rebota en el amado. Una especie de feedback de nosotros mismos. Pero para obtener ese retorno debemos mostrar previamente al amado nuestra propia autoinsuficiencia, debemos "humillarnos" ante él, si se me permite la expresión ("no tendrá fuerza para rehusar los favores que su amante exija").

Por tanto, el amor es entonces humillante y necesario. Humillante, pero necesario. Necesario, pero humillante. No sé cual de ellas es la expresión correcta.

¡Qué extraña conclusión! Volveré a la cama. Esto se merece más reflexiones.

RM

11 mayo 2006

Sincronizados

Sincronizo el fijo con el portátil. Sincronizo el portátil con la Palm. Sicronizo el fijo con el iPod. Sincronizo ambos con el móvil.

Y hoy he olvidado una cita. No entiendo nada.

RM

10 mayo 2006

La píldora de los recuerdos (I)

Ayer visité el colegio en el que pasé mi adolescencia. ¡Cómo transforma la memoria la realidad! Todo me pareció mucho más pequeño, más asequible, más cercano. Conforme paseaba por los jardines venían a mi cabeza escenas que por un motivo u otro no había olvidado, como cuando corría para no llegar tarde al oratorio, como el banco donde, sentado, exclamé (no recuerdo por qué) ¡Hijo de puta! y justo en ese momento pasó frente a mí un sacerdote, o la piscina donde casi me rompo un diente, o el árbol tras el que fumé mi primer cigarrillo... y el vestuario donde empezó todo.

Recordé el uniforme que llevábamos, los pantalones que picaban y los zapatos, que cuando eran nuevos resbalaban sobre el suelo de la clase. Recordé los mediodías con el corazón agitado por un maldito examen de la tarde. Y las tardes de verano cuando la suerte ya estaba echada.

La memoria tiende a enterrar los recuerdos malos, pero a veces, cuando menos te los esperas, un buen día, afloran. Leí hace poco que unos científicos trabajaban en una píldora que borraría los malos recuerdos. Estuve pensando un buen rato qué haría si tuviese aquella píldora delante, y al final llegué a la conclusión de que nunca me la tomaría. No quiero olvidar lo que sentí cuando metí los dedos en aquel enchufe; no quiero olvidar la tarde en la que me rompieron el corazón; ni el día en que intenté imitar aquel paso de baile de West Side Story.

Los malos recuerdos nos enseñan, y de hecho, son los que más nos enseñan. Nos hacemos fuertes con ellos. Un hombre sin recuerdos es un hombre perdido, dijo el escritor francés Armand Salacrou.

RM

08 mayo 2006

Tu nombre por delante

En Magnolia (Anderson, 1999), cuando Linda Partridge estalla en la farmacia se produce una convulsión en el tejido afectivo y emocional del espectador.

El joven farmacéutico termina de preparar el encargo.
-Son cosas muy, muy fuertes, sí. ¿Qué le pasa exactamente para necesitar todo esto?
-Hijo de puta-, exclamó Linda.
-¿Qué?
-Hijo de puta. ¡Puto, puto gilipollas! ¿Quién coño se cree que es? Entro aquí, usted no me conoce, no sabe quién soy ni cómo es mi vida y ¿tiene los huevos y desvergüenza de hacerme preguntas sobre mi vida?
Un viejo farmacéutico se asoma al mostrador alarmado por los gritos.
-Señora...
-A la mierda usted también... ¡No me llame señora! ¡Vengo aquí, les doy las recetas, las comprueban, hacen sus llamadas, sospechan, me hacen preguntas! ¡Estoy enferma! ¡La enfermedad me rodea! ¿Y ustedes me preguntan por mi vida? ¿Qué es lo que pasa? ¿Han visto la muerte en su cama? ¿En su casa? ¿Es que no tienen vergüenza? Y ustedes me hacen estas putas preguntas... ¡¿Qué pasa?! ¡Chúpenme la polla! ¡Eso es lo que pasa! ¿Y usted me llama señora? ¡Joder! ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza los dos!

Hoy leyendo el blog de un amigo, esta escena vino a mi cabeza. ¿Seré yo capaz alguna vez de estallar como lo hizo Linda en la farmacia?

No suelo dejarme llevar por la ira. Pero hace poco tuve indicios de ella. Había olvidado por segunda vez en la misma semana las llaves de casa colgadas de la portezuela del buzón, de modo que me resultaba imposible entrar en el edificio. ¿El problema? Que la primera vez sucedió a las 2 de la madrugada y llamé a unos vecinos, abochornado; la segunda, que alguien debió de cogerlas y yo pensé que las había perdido y que volvían a ser las de 2 de la madrugada.

Y por si fuera poco, esta segunda vez me acompañaba un amigo que se quedaba a dormir esa noche en mi casa.

Recordé que la empresa de seguridad que me instaló la alarma tenía una copia de las llaves. De modo que les llamé.

-¿Dígame?
Sólo con oír esto ya sabía que se trataba de una chica de unos 25 años, soltera, novata en la atención al público por teléfono y que había cogido ese trabajo nocturno para sacarse un dinerillo extra.
-Hola... buenas noches... verá... me he dejado las llaves en casa y no tengo manera de entrar. Si no recuerdo mal, ustedes tienen llaves de mi casa.
-Espérese un momento, por favor.
Espero.
-¿Oiga?
-Sí, dígame.
-Sí, bien, nosotros tenemos copia de las llaves, pero usted no tiene contratado el servicio para que vayamos a abrirle.
-Vaya...
Tenía que conseguirlo.
-¿Y no puede usted darme de alta en el servicio?
-No, no puedo. Tengo que mandarle un comercial.
-Está bien, mándame un comercial.
-¡Son las dos de la madrugada!
-Bueno, pues deme de alta y mañana mándeme un comercial.
-Señor, señor... no siga. No lo intente... no hay nada que hacer.
Estaba a punto de estallar, como Linda...
-Mire, señorita, ¿cómo se llama?
-Sonia.
-Sonia ¿qué más?
-Sonia Martínez.
-Sonia Martínez, escucha bien lo que voy a decir: si tengo que dormir esta noche en la calle, sabiendo además que vosotros tenéis copia de las llaves, mañana mismo me doy de baja de todos los servicios, pero, eso sí, ¡tu nombre me lo llevo por delante!
Mi amigo estalló en risas en ese momento y casi me la contagia a mí.
-Señor... yo... espérese un momento.
Entra la musiquita de espera. Empezamos a reirnos cuando mi amigo me preguntó que qué significaba eso de llevarme su nombre por delante... ¿que se lo iba a tener que cambiar? ¿por Margarita o Mari Carmen? Yo quise decir algo así como que arremetería contra ella, pero me salió eso: me llevaré tu nombre por delante.

-¿Oiga señor?
-Sí, dime Sonia.
-No puedo hacer nada, en serio, el vigilante está haciendo un servicio extraordinario y no puede ir.
Supe en ese momento que debía de cambiar el tono. Tal vez la amenaza del principo había valido para que Sonia lo volviese a intentar, pero una vuelta de tuerca más podría hacer que mi objetivo se cumpliera.
-Sonia, Sonia... esto es extraordinario también. Y quiero que sepas una cosa... -era el momento de usar la maña frente a la fuerza bruta-, no quiero dormir esta noche aquí, en la calle, solo... porque yo vivo solo en una ciudad donde no conozco a nadie, y en tu mano está que yo tenga que pasar por ahí. Es tan fácil, Sonia, y todo está en tu mano, sólo un pequeño gesto, un pequeño esfuerzo y habrás hecho feliz a alguien. Sonia, solo te pido que lo intentes para que te demuestres a ti misma que tú también eres una buena persona. Por favor Sonia, inténtalo.

Y Sonia lo intentó. Lo intentó y lo consiguió. Media hora después llegó un vigilante con una copia de las llaves y abrió la puerta de casa. Y ahora escribiré una nota de agradecimiento a la empresa de vigilancia resaltando la noble labor de la gran Sonia Martínez a la que desde aquí le doy las gracias una vez más.

No sé si la ira puede servir para algo en algún momento concreto. Lo que sí sé es que ver muchas películas me ha sacado de más de un lío.

RM

06 mayo 2006

Algo así como... ¡King Kong!

Inauguración oficial de la temporada de barbacoas en el jardín. La especialidad escogida para tan significativo momento han sido dos filetes de buey, rojos como el demonio, escogidos a conciencia por mi fantástico carnicero (alguna vez hablaré de él). He descubierto, también con bastante alegría, que las bolsas de carbón Carbocoa no sueltan humos, algo que seguro que a mis vecinos les alegra también. Además se prende quemando la propia bolsa donde viene envasado y está listo en 30 minutos. ¿No es maravilloso?

Fantástico día de sábado.

Además hoy he cortado unas frixias (o fresillas) para ponerlas en mi mesa de trabajo. Probablemente de los olores más exquisitos del mundo. Y bonitas. ¡Planté tantas que no me da reparo cortarlas!

Por cierto, anoche me acompañó en la cama la película de King Kong, pero la antigua... no dejo de reírme cada vez que veo la secuencia en la que los integrantes de la expedición acaban de poner un pie en la isla y oyen unos misteriosos tambores y cánticos en la lejanía.

-¡Qué extraño!
-¿Qué dicen?
-Dicen algo así como... ¡King Kong!

Fantástico día de sábado.

RM

Un árbol en el paraíso

Pasear con Elliott (mi perro) por las noches se empieza a convertir en uno de los mejores momentos del día.

Demasiadas cosas en la cabeza... desde que me levanto hasta que me acuesto... y si no fuera por Elliott no me levantaría del ordenador. Así que le doy las gracias públicamente.

Hoy paseando, dejándome llevar por donde él quiere ir, me he adentrado en una calle mágica. He sonreído porque he percibido el olor de un árbol del paríso al final que había al fondo... ¿habéis olido alguna vez un árbol del paraíso? Es uno de los olores más maravillosos que ha creado la naturaleza, de ahí que el árbol lleve ese nombre. Ahora bien, sólo podréis percibir su aroma las noches del mes de mayo. No me preguntéis por qué, pero así es.

Los olores son tan especiales para mí. Se quedan grabados en mi mente (imagino que como a todo el mundo) y cuando meses o años más tarde alguno de ellos reaparece, vienen a mi cabeza un montón de flashes, de recuerdos... de hecho, he empezado a utilizar este hecho en mi favor. ¿Cómo? Muy fácil. Cuando voy a vivir una experiencia nueva que no quiero olvidar, lo que hago es utilizar algún aroma nuevo que me agrade, significativo, de modo que me aseguro que esa experiencia quedará grabada en mi mente para siempre, y que sólo volviendo a oler esa fragancia todo volverá a mi mente con mucha más facilidad y fidelidad.

El árbol del paraíso me recuerda a mi abuela. Hace unos meses que murió. A ella le encantaban. Y esta noche la he recordado.

Buenas noches abuela. Siento no haber estado más cercano a ti.

RM.

04 mayo 2006

Comparaciones odiosas


Hoy, visita al OpenCor, una solución a la provisión nocturna de Coca Cola. Me paseo por los DVDs y ¿qué veo? "Harry Potter y el Cáliz de Fuego" junto a "Sinfín". ¿Sinfín? Sí, esa que protagonizan el cantante de El Canto del Loco y el de los Mojinos Escocíos. Deberían de arrestar al que ha colocado esas dos películas juntas... Comparo las portadas. Observo a Daniel Radcliffe, alias Harry Potter, analizo la foto: textura, profundidad, grano... Observo al otro Daniel, Daniel Martín, alias Cantodel·loco, analizo la foto... me cabreo... Hago de abogado del diablo: "Ya hombre, no compares, una es una superproducción y la otra..., y la otra..., la otra..."

-La otra es española-, me respondo.
-Cierto.
-Venga ya, no me jodas, ¿qué tendrá que ver que sea una superproducción con querer hacer las cosas bien?

Compro la Coca Cola. Estoy cabreado. Y esta noche voy a ver Harry Potter y el Cáliz de Fuego.

RM

El diablo sobre ruedas

Hoy, cuando venía hacia Madrid, a unos 145 kilómetros de la gran ciudad he descubierto que la furgoneta Mercedes-Benz, modelo Sprinter, que llevaba delante no tenía la reglamentaria matrícula trasera. La he adelantado y he podido confirmar por el espejo retrovisor que tampoco llevaba matrícula delantera. ¡Qué extraño! ¡Una furgoneta sin matrículas circulando por una carretera nacional! En ese momento ha salido mi vena ciudadana y he dicho "¡Esto hay que denunciarlo!"

Pues bien, ¿cómo se denuncia sin salir del coche? Evidentemente, con el móvil. He marcado el primer número que se me ha venido a la cabeza que ha sido el 112. Cuando me han contestado ha sido con un... "Emergencias, ¿dígame?".

-No, emergencia exactamente no es.
-Entonces, ¿qué es?
-Es grave, pero no es una emergencia.

No paraba de acordarme de un día que mi amigo Luis, tras sofocar un pequeño conato de incendio en un dormitorio, llamó a los bomberos para que certificaran que no había riesgos de que se reprodujera y se plantaron allí con varios camiones, sirenas, cortaron la avenida principal de la ciudad...

-Bueno, dígame de qué se trata.
-Estoy circulando por la A3 y hay una furgoneta sin matrículas. Una Mercedes-Benz modelo Sprinter.
-Eso es cosa de la guardia civil.
-Bien, ¿me podría dar el número de la guardia civil?
-Esto también es la guardia civil.
-Ah, fantástico.
-¿En qué kilómetro se encuentra usted?
-En el 145.
-El ¿uno cuatro cinco?
-Correcto señor, aunque ya es 144.
-Sí, bien, bueno, eso ya no importa.
-Ah, vale.
-Pero ¿no lleva ni la de delante ni la de detrás?
-Exacto. Ni la de la delante ni la de detrás.
-Espérese un momento, no se retire.

Y suena una música de espera. ¿Qué tipo de música te pueden poner para que te esperes durante una emergencia? Bueno, esto realmente no era una emergencia, pero imaginad que se le hubiera pegado fuego a una fábrica de cerillas o que un grupo de chimpancés del zoo municipal hubiesen sido secuestrado por unos terroristas chiíes... pues bien, te ponen a Mike Oldfield, el Moonlight Shadow. Es un dato. Es como un... bueno, gracias por su presencia en el planeta tierra, le echaremos de menos, esto ha sido todo, entran títulos de crédito.

-¿Oiga?
-Sí, dígame.
-Aquí la Guardia Civil. Dígame usted.
-Pues que hay una furgoneta sin matrículas en la A3. Una Mercedes-Benz modelo Sprinter.
-¿En el kilómetro 145?
-Bueno, vamos ya por el 140.
-Sí, bien, bueno, eso ya no importa.
-Ah, vale.
-Pero ¿no lleva ni la de delante ni la de detrás?
-Exacto, señor. Ni la de la delante ni la de detrás.
-Muy bien. Pues muchas gracias.
-A usted.
-Adiós.
-Adiós.

Me he sentido bien. La verdad. Muy bien. He sido un buen ciudadano. Y he sentido una curiosidad tremenda por ver cómo actuaba la guardia civil. De modo que he decidido seguir a la furgoneta para ver cómo la paraban y sacaban a su conductor encañonándolo y poniéndolo contra el capó.

Km. 130. Me preguntaba cómo lo harían. ¿Empezarían por el km 145 a buscar? No es lógico. Imagino que tendrían en cuenta que estábamos en constante movimiento. Entrarían por el 145 y correrían a toda velocidad en busca de una furgoneta. Entonces la detendrían.

Km. 112. No. No parecía que la emboscada fuese a venir por detrás. Tal vez comunicarían a alguna patrulla que estuviese más adelantada para que diese el alto a la furgoneta de frente. Sí, eso es lo más lógico. Se trata del principio: dejad que los villanos vengan a mí.

Km. 86. Ni rastro de la guardia civil. ¿Vuelvo a llamar? ¿Como cuando la pizza de telepizza no termina de llegar? A lo mejor son ellos los que me vuelven a llamar para preguntarme por qué kilómetro voy... ¿tienen mi número? Seguro que se les queda grabado...

Km. 50. Madrid a un paso y aquí no pasa nada. Yo paso de ir a paso de pava detrás de la mierda esta de furgoneto sin matrículas.

En fin... qué decepcionante. Yo que esperaba ver una verdadera operación contra la furgoneta del diablo... pero ¿he sido buen ciudadano?

RM

02 mayo 2006

Respecto a mi entrada anterior


He estado pensando que si se trata de recuperar regímenes anteriores, me autoproclamo sucesor de los Visigodos y exijo la restauración del reino visigodo ahora mismo. Presentaré un escrito en Consumo y me pondré manos a la obra con el diseño de la nueva bandera.

Me autoproclamo Alarico III.

Y en cuanto vea a un guardia municipal pienso cruzarle la cara. Y quemaré un puesto de la cruz roja.

RM

No entiendo nada


Veo en la prensa como un personajillo, con motivo ayer de la fiesta del trabajo, le pone una bandera republicana a la Cibeles en Madrid y no entiendo nada. Me vienen a la cabeza varias preguntas y no encuentro respuestas para ellas:

1. ¿Por qué se pasea la gente tan alegremente por la calle portando símbolos anticonstitucionales?
2. ¿Quién lo impide?
3. ¿A quién hay que acudir para que lo impida?
4. ¿En qué mejoraría nuestras vidas que España fuera una república?
5. ¿En que dejase de existir el rey?
6. ¿No sería eso como cerrar un museo o volar un monumento?
7. ¿Por qué tanto odio hacia algo que no ha hecho nada malo?

No entiendo nada, y mira que procuro estar al día en todas estas cosas, pero ni con esas. Y lo peor de todo es que intentar defender lo contrario es síntoma de fascismo precoz. Y yo miro a los fascistas gaseando judíos y no me reconozco.

¿Qué hago?

RM

01 mayo 2006

El primero de mayo

Hoy, día del trabajo, no se trabaja... qué paradójico. La vida está llena de paradojas.

Estoy en familia, aquí, en la casa del campo. Suelo venir con frecuencia. Me escapo cuando puedo de la gran ciudad y paso unos días en el campo, cerca de los amigos de toda la vida y de la familia. Y aunque da la sensación de estar aislado, tengo varias ciudades cerca, el mar y muchas más cosas.

Lo único que echo de menos ahora mismo de la ciudad son las plantas de mi jardín. Cada vez que paso unos días aquí en el campo, cuando regreso las encuentro tan cambiadas que lamento no haber estado allí para haber sido testigo de los cambios. En cualquier caso, pasado mañana volveré allí. Estoy impaciente por ver cómo se encuentran mis dalias. He plantado tantas este año, con tanta ilusión, que estoy deseando saber si van a prosperar o no.

No en balde dicen que la vida es como un jardín. Uno va plantando semillitas, en las personas que conocemos, en los hechos que consumamos, y nunca sabes cuál es la que va a pegar o no... a nivel de los negocios es lo mismo. Ahora mismo estoy plantando semillas en múltiples áreas y aún no sé cual va a prosperar o no. No sé. Unas me atraen más que otras... sin embargo, cualquiera de ellas me satisfaría.

Sé que puede sonar cursi oírme (o leerme) hablar (o escribir) sobre flores y plantas, pero es que hay que tener un jardín o unas macetas para entenderme. Es uno de los mejores hobbies que he descubierto, barato y extremadamente relajante. Anímate, pon una planta en tu vida. Pronto me entenderás.

RM

Mi primera entrada

Esta es la primera entrada en este blog. Siempre he querido tener uno, pero me ha dado miedo no ser lo suficientemente responsable como para mantenerlo al día. Espero estar a la altura de este propósito.

De modo que allá voy. Suerte a todos.

Un abrazo.

RM